Lo que ella esperaba

por andbonilla

R.

Fue en una tarde sabatina. Las telas vaporosas de su atuendo la hacían ver aun más delicada, más afectiva y sensible. Sus pómulos azafrán exhibían una liviana franqueza y sus finos labios rosados reflejaban una afable mujer. Alejada de la incomprensión de su familia, la hipocresía de sus amistades y el desengaño de sus amores, ha vivido sola y soltera por mucho tiempo, dedicando su tiempo a sus amantes, los libros; sus sueños a su confidente, la almohada. Decidió asistir a una obra teatral ordinaria. Se ubicó en el medio del salón, le gustaba mantenerse en término gris, entre la expectativa y la frustración. En el clímax de la historia su nariz se volvió su aliada -quizás su enemiga- al advertir la fragancia masculina que estaba junto a su silla. La mágica mezcla de olores le sugirió observar al caballero que disfrutaba con la escena elaborada. No le impresionaba la manera en la que lucía, solamente su aroma, parecía transportarla a un estado de sosiego que le encantó. Eventualmente se intercambiaron miradas ávidas y traviesas que ejercieron un nivel de confianza. Entre el drama y emoción de falsos disparos producidos por los personajes, Rida apretaba con lozanía y arbitrio el brazo del hombre. Ambos complacidos.

Ella esperaba algún avance en la interacción con el hombre, pero al finalizar la obra Donat se marchó sin apremio. Para Rida fueron minutos de emotividad, esparcimiento y sonrojo, se sintió consumada ante la breve ocasión. A pesar de que fue una aparición súbita, sus sentidos de mujer fueron totalmente deleitados por aquel caballero. Si bien ella no anticipaba su retirada igualmente repentina, deseó profundamente ver de nuevo a Donat; sin embargo, acostumbrada a la desesperanza y la falta de iniciativas, dejó de pensar en él y en los recuerdos fatídicos para sonreír de nuevo en la realidad hermética, acompañada por sus amigos inmortales: su almohada y sus libros.

AM.

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