Alegoría de la misantropía

Ni retraído, ascético o intratable, pero a pesar de no contar con características que le aislaran de la sociedad, cada día era más insatisfecho que el anterior al acabar la vigesimocuarta hora de una insípida jornada. Rutina, costumbre, repetición; soledad era el estribillo de su vida, una vida invariable, estática y monótona.

¿Qué hace un ser humano rodeado de individuos pero sin la compañía de personas? Algunas situaciones eran especiales, dinámicas, jubilosas, que complacían y llenaban temporal y brevemente una oquedad de un elemento incorpóreo, ese elemento inmaterial, abstracto y espiritual que es una aspiración infinita, una potencia mística que puede pesar 21 gramos, o quizás no. Sí, el alma. 

No era cuestión de realizar una labor, una actividad faltante; su famélica, menesterosa e insustancial cotidianidad solicitaba con afán un hecho, una acción que transgrediera y diversificara esa existencia insaciable, vociferando con brío y pesadumbre la necesidad de una metamorfosis. Pero no, requería una utópica resurrección. Era eso, en realidad estaba muerto en vida.

AM.