Barba Roja

Cosas de un pelirrojo.

Categoría: Manifiestos

Tedio

Teens think listening to music helps them concentrate. It doesn’t. It relieves them of the boredom that concentration on homework induces.
— Marilyn vos Savant (World’s highest IQ).

Una mezcla entre bajas cantidades de interés, una estrecha relación con la languidez, el hecho de estar expuesto a un frígido clima que predispone a la hipocresía: mía, suya, de ustedes, de nosotros. Pero el propósito de este manifiesto no es levantar acusaciones ni reproducir un intento de cultura urbana subersiva. No. Pero me propongo elaborar la última carta con ínfulas de desmotivación y tinta muerta.

Existen búsquedas incesantes, desgastantes y desorientadas. Más que nada desorientadas. Uno no puede apuntarle a las peras que nunca entregará el olmo. Cuando la intesidad de la pasión es rodeada por una neblina insípida, el calor se espanta. Las metas se alejan. El ánimo huye. La perspectiva se deprime. Los anhelos decaen. Los colores pierden su brillo.

Tengo dos miedos. El primero de ellos caminar. Porque las calles oscuras son inseguras incluso enfrente del hogar. Y porque a veces uno camina en compañía pero solo, ¿sí me entiende?

***

El escándalo de mi silencio ensordece la melodía. La locura de mi lógica derrama sobras de cordura. La estabilidad de lo variable me asusta. La insatisfacción de los logros me angustia. Prefiero desvelarme aferrado a mis sueños, que dormir sin ellos.

***

El otro miedo es el de enloquecer en la pasividad del tedio, por ausencia de espontaneidad y por exceso de certeza. El rol de espectador no nació conmigo, pero acá estoy, observando, esperando y acatando. Luego uno se convierte en el potencial marinero que no zarpó desde su zona de confort al mundo. No el real, ni ideal. Pero sí a un mundo en el que sonreír es un acto natural y no un mecanismo para engañarse a uno mismo.

Andrés Mauricio Bonilla E.

Sobre la razón para amar la escritura

A reading man and woman is a ready man and woman, but a writing man and woman is exact.

— Marcus Garvey.

En el 2010 redacté mi primer ensayo. Era todo, menos un ensayo. No había manejado antes con sagacidad ese denso estilo del discurso, hasta que gracias a la intervención discrecional de agentes diestros y letrados, descubrí oportunamente la manera correcta de escribir un texto argumentativo. Fue un momento en mi vida bastante entretenido, el cual puede estar, sin vacilación, en un término medio de la reacción del bebé al caminar erguido y una niñita enamorada. En síntesis: hubo emoción. Con el transcurso del tiempo, la adquisición de cultura y experiencia, el arribar de la madurez, los momentos boyantes y aciagos; la vida misma, en general, la forma en la que construía ideas y dominaba los esquemas de escritura de cada proyecto, se llenaba de recursos formidables y menos neófitos comparándole con la obra anterior. Cada día apuntaba mejor en el núcleo de lo inmejorable. Sin embargo, lograr la perfección no es un objetivo cuantificable. Así que me encontraba ante un propósito infinito.

El diccionario y la literatura han sido mis más incondicionales compañeros, los que en la rutina exhiben un placentero mundo en el que la escasez no tiene cabida. Esa propiedad de abundancia en la tierra de las letras me sugestiona, tienta y absorbe. Escribo a la existencia, a cualquier ser que desee leer, es una intención que se aproxima al que la quiera tomar, así que mis palabras son libres, son de nadie y de todos. Organizar las consonantes y vocales para edificar un mensaje que llegue a la consciencia, o al menos al corazón, es un reto con resultados gratificantes; más allá de la adulación y del agasajo, la razón para amar la escritura es por ser el grito imperioso de la imaginación inmaculada, la pieza apodíctica de la emancipación, el susurro del amante y la venganza del esclavo.

El ruido puede ser sólo escuchado por el viento, pero lo escrito queda impregnado en el oxígeno, es transportado a todo lo que vive, a todo lo que puede morir. La escritura da vida, queda en la memoria de la historia y en el recuerdo de la muerte. Es perpetua.

AM.

Manifiesto del desencanto

Solía compartirle todo.
Las mañanas, las sonrisas, la alegría, la incertidumbre, las tardes, las dudas, los miedos, el ánimo, los sueños, la satisfacción, las noches, el placer, el amor.
Me enriquecía verle, porque reía de manera inagotable, tenía una sensación de comodidad que llevaba a una hiperestesia que me encantaba. Mis expresiones faciales me delataban en cada cita. Sin embargo, fue otra intención infructuosa.

Siempre he pensando en que se debe prescindir del resto del mundo porque
sin duda Shakespeare tiene la absoluta razón cuando dice que “la expectativa es la raíz de todos los dolores del corazón“. Ante cada intento de relación he dado siempre sentimientos sin racionarlos, sin terror, sin desconfianza. Pero las leyes de reciprocidad no parecieron incluirse en mi creencia del karma.

Imbécil enamoradizo.
Seguramente en mi vida pasada habitaba en una tierra de cursilería y romanticismo. De afecto entregado sin condiciones. De compromiso. Este es el nuevo mundo en el que debo vivir, lleno de falsas esperanzas, infidelidad, vanidad; nada filosófico. Las tentaciones se encuentran en cada esquina, las promesas son desvaloradas por el acto de romperlas, porque son usadas perfectamente para quebrar corazones, para ilusionar a una sociedad que vive soñando.

He muerto muchas veces.
La acumulación de decepciones hacen que mueras. Dejas de vivir por un tiempo cada vez que mentalmente caes al suelo desde un cielo al que llegaste con anhelos. En la guerra y en el amor no todo debería valerse, porque el libre albedrío en ambos temas es idénticamente destructivo.

Lágrimas, nudos de garganta, ira, desencanto. Las fantasías son terribles complacientes porque después de un tiempo tienes que regresar a la realidad.
Y la realidad es detestable, pero vivimos en ella, es una hermana con la que
hay convivir, es venenosa, sanadora, peligrosa.

Pero detrás de la angustia, de la ganas de renunciar a todo, bajo el manto del desaliento, hay una sonrisa de un alma desgastada que espera fulgurar en
una dolorida penumbra. Yo sigo esperanzado.

AM.